Ese equilibrio explica por qué, en algunos casos, la distancia no se vive como algo puntual, sino como una pequeña amenaza emocional. “Hablamos de un síndrome ansioso con la mascota, una forma de apego intensificado en la que el animal se convierte en una figura central de regulación emocional”, añade Ferreiro. En una sociedad donde este fenómeno adquiere aún más sentido: no solo se trata de separarse de una mascota, sino de hacerlo, en muchos casos, de la principal fuente de compañía diaria.
No siempre es fácil identificar cuándo esa relación empieza a generar malestar. Ana Ramírez, directora técnica veterinaria de , señala algunas pistas claras: “La inquietud constante, los pensamientos repetitivos sobre si el animal estará bien o la dificultad para desconectar son señales de una mala gestión de la distancia. También puede aparecer irritabilidad o una necesidad excesiva de contacto”. La experta insiste en que sentir cierta incomodidad es normal, y que el problema surge cuando esa emoción interfiere en la vida cotidiana. “Afrontarlo implica reconocer lo que sentimos sin juzgarlo, entender que el vínculo no se rompe con la distancia y apoyarse en rutinas propias”, explica. Técnicas sencillas como la respiración consciente o la atención plena pueden ayudar a reducir la activación emocional en esos momentos.
A esta ecuación se suma un elemento clave: la mascota . Se estima que entre el 14 y el 28% de los canes presentan niveles moderados o severos de ansiedad o miedo, y que hasta el 70% de los problemas de comportamiento están relacionados con el estrés. Algunas investigaciones elevan aún más estas cifras en el contexto de la separación. El resultado es una especie de círculo emocional: el dueño se angustia porque se separa, pero también porque percibe que su animal sufre. Y ese sufrimiento percibido refuerza su propia ansiedad.
La anticipación marca la diferencia. “Conviene crear un pequeño ritual previo: preparar la salida con tiempo, evitar prisas y adoptar una actitud serena”, recomienda Ramírez. Saber quién cuidará del animal y cómo estará atendido aporta seguridad emocional, tanto al propietario como a la mascota.
Ferreiro añade otra estrategia clave: la exposición progresiva. “El cerebro necesita aprender que no hay peligro real. Pasar de estar siempre juntos a separaciones largas de forma brusca solo intensifica la ansiedad”, advierte. Empezar con ausencias cortas e ir ampliándolas poco a poco ayuda a normalizar la distancia.
También es útil diversificar las fuentes de bienestar emocional. Cuando la mascota se convierte en el único refugio, cualquier separación se vive con mayor intensidad. Mantener vida social, rutinas propias y espacios personales no debilita el vínculo: lo hace más sano.
Detrás de esta ansiedad, en algunos casos, hay algo más profundo. , experiencias previas de abandono o inseguridad afectiva pueden intensificar la dependencia emocional hacia la mascota. “La separación no solo duele por lo que es, sino por lo que simboliza”, apunta Ferreiro. Marta Sanchís, dueña de dos labradores, lo explica desde la experiencia: “Para mí son mi familia. No tengo hijos, tampoco padres ni hermanos, así que ellos lo son todo”. Durante años, reconoce, vivió con angustia cada viaje. Hoy ha encontrado una fórmula que le da tranquilidad: “Los dejo con una persona de confianza en una finca donde pueden correr y estar con otros perros. Hacemos videollamadas a diario. Puede sonar exagerado, pero me ayuda muchísimo”. Su caso no es excepcional. Cada vez más propietarios recurren a cuidadores profesionales o no solo por el bienestar del animal, sino también por su propia tranquilidad emocional.
En el fondo, la clave no está en eliminar el vínculo, sino en transformarlo. Aprender a separarse sin angustia no implica querer menos, sino hacerlo desde un lugar más equilibrado. El apego seguro no desaparece con la distancia: se pone a prueba. Y, cuando está bien construido, también se fortalece.
*Este contenido es informativo y no reemplaza la evaluación de tu profesional de salud.
