En 1946, en una , una pequeña cervecera abandonada en un valle del Tirol austríaco fue reconvertida en una fábrica de antibióticos. Michel Rambaud, químico y oficial francés de las fuerzas aliadas de ocupación, ideó el proyecto basándose en el hecho de que la fermentación con la que las levaduras producen cerveza es, en esencia, el mismo proceso que desarrollan los . El cambio de uso de las instalaciones abrió una nueva era: el inicio de la producción industrial de la penicilina permitió salvar millones de vidas y el continente vivió una vertiginosa recuperación económica impulsada en buena parte por sectores como el farmacéutico.
“Este es el último gran centro de fabricación de antibióticos integrado verticalmente en Europa occidental. Controlamos todo el proceso, desde el ingrediente activo [producido por cepas de Penicillium], hasta el producto final. Si esta planta desaparece, una vez que se haya ido será para siempre", alerta Richard Saynor, el máximo ejecutivo de la .
Jaume Puig Junoy, profesor de la UPF Barcelona School of Management y académico de referencia en el sector, admite que el debate es de enorme calado y sin soluciones sencillas en el horizonte: “Ser más independientes es un objetivo deseable. Pero tiene grandes repercusiones en políticas clave como las industriales, la sostenibilidad de los sistemas sanitarios, los sistemas de compra, las leyes de libre mercado y competencia... Si queremos mantener estos pilares y, a la vez, justificar ayudas públicas y el fomento de la producción local, estamos ante objetivos aparentemente contradictorios. Y resulta muy complejo definir bajo qué criterios hacerlos compatibles y en qué condiciones”.
Hay un ejemplo que Saynor y otras empresas utilizan de forma recurrente: hoy resulta más barato comprar en la farmacia un medicamento genérico esencial para el paciente que tomar un café en una terraza. “Invertimos cientos de millones en instalaciones para que estos productos se sigan fabricando aquí y, sin embargo, los gobiernos solo quieren gastar céntimos de euro para comprar más barato. Son dos cosas incompatibles a largo plazo”, lamenta. El ejemplo de Roche, que ha cerrado sus históricas líneas de producción en Basilea (Suiza) para sustituirlas por oficinas y laboratorios de investigación, es el episodio más reciente de la “fuga silenciosa” de la fabricación en suelo europeo.
Las diferencias en la legislación laboral y medioambiental, así como el coste de la energía, son las principales razones que explican que producir una caja de amoxicilina en Europa sea sustancialmente más caro que comprarla en Asia. Aunque las compañías no ofrecen datos concretos, los porcentajes manejados por el sector van del 20% al 40%, en algunos casos, incluso más. , que bajo el principio de “quien contamina, paga” carga sobre las farmacéuticas gran parte del coste de los nuevos sistemas de depuración, es la última iniciativa que enfurece al sector. Este, además, apunta a los “subsidios estatales” con los que China inunda el mercado con materias primas baratas que luego India procesa y vende a Europa como principios activos frente a los que la industria del continente apenas puede competir.
Beatriz González López-Valcárcel, especialista en Economía de la Salud y catedrática en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, describe cómo estas diferencias llevan a la cuestión clave: “La competencia hace que los precios de antibióticos y otros medicamentos sin patente tiendan al coste marginal de producción, que es inferior en Asia. Así que, sin otras medidas, las opciones en último término serían dos: no dejar entrar a los productos asiáticos a costa de que los precios suban en Europa o resignarse a que la industria europea deje de producirlos”.
La , la mayor de la historia, busca fórmulas que eviten tener que enfrentarse a esta disyuntiva. Todo ello, además, en un contexto internacional complejo y cambiante en el que la presidencia de Donald Trump en Estados Unidos .
“El objetivo último es disponer de unas cadenas de suministro seguras y a precios que sigan siendo asequibles. Fabricar en Europa debe ser reconocido y estar vinculado a unos incentivos, pero siempre teniendo en cuenta la sostenibilidad de los sistemas nacionales de salud”, sigue González Casares.
Cómo llevar a la práctica estas medidas sin provocar efectos secundarios indeseados es otra de las dificultades a las que se enfrenta la UE, advierten los expertos. “No tendría sentido, e iría contra la legislación europea, destinar recursos públicos a medidas que acabaran siendo meramente proteccionistas y crearan un oligopolio controlado por empresas locales”, afirman.
Otro punto que requiere una precisión quirúrgica serán las licitaciones. Después de todo, la globalización ha ido mucho más allá de los principios activos e incluso la planta de Klundt utiliza en algunos de sus productos precursores procedentes de Asia. Son materias primas que en ocasiones simplemente ya han dejado de producirse en Europa, muchas veces por su enorme impacto medioambiental. En cadenas de suministro tan largas, complejas e interrelacionadas “resulta difícil a menudo saber dónde están los límites” de lo que sería una producción genuinamente europea o un eslabón más de la cadena, concluye Puig Junoy.
*Este contenido es informativo y no reemplaza la evaluación de tu profesional de salud.
